Durante mis primeros años como freelance, lo primero que hacía al despertarme era coger el móvil (error nº1) y abrir el correo (error nº2).
Y me decía que lo hacía «Por si acaso un cliente necesitaba algo» (error nº3).
Yo creía que eso era ser profesional: estar disponible, responder rápido, mostrar que me preocupo constantemente —y qué equivocada estaba 🤦♀️
Y es que resulta que, mientras corría a atender todo lo de los demás, lo mío se quedaba siempre para «luego». Y ese «luego» se convertía en semanas, meses o, aunque me duela decirlo, años…
Mi negocio no avanzaba. Mis proyectos propios acumulaban polvo. Y yo vivía con una sensación constante de estrés, de estar siempre debiéndole algo a alguien.
Para más inri, cada vez que interrumpía lo que estaba haciendo para solo echar un «vistazo rápido» al correo, perdía entre 15 y 25 minutos en volver a concentrarme.
Cada vez.
Y como miraba el correo unas 8-10 veces al día…
Pues haz las cuentas. Yo las hice y casi me da algo.
Y no viví un momento dramático de crisis. Fue más bien una acumulación de desgaste. De sentir que trabajaba muchísimo pero mi negocio no se movía.
Un día simplemente me paré a observarme y pensé: estoy siendo la mejor asistente de mis clientes…
y la peor jefa de mí misma.
📌 El truquito de la semana
No te voy a mentir: tardé bastante en encontrar una solución. Pero cuando la encontré, me cambió la vida.
El horario CalmActivo
Lo que hice fue algo tan simple que aún a día de hoy me sorprende no haberlo hecho antes.
Me marqué dos bloques de trabajo al día para el correo:
- Uno por la mañana, sobre las 10:00 y después de haber trabajado al menos una hora en lo mío
- Otro por la tarde, sobre las 16:00 y antes de cerrar la jornada
Al principio me sentía rara. Irresponsable, incluso.
Tenía una vocecita interna que me decía: ¿Y si pasa algo urgente? ¿Y si piensan que paso de ellos?
Pero poco a poco vi que dándole a mi mente la certeza de que iba a atender el correo (más tarde), dejaba de obsesionarme con él. Era como decirle a esa voz: «Tranquila, hay un hueco reservado.»
Y esa calma mental se tradujo en una concentración que hacía años que no tenía.
Además tuve que hacer algo un poco incómodo, que fue educar a mis clientes en mis tiempos de respuesta. Poner límites donde antes no había puesto ninguno.
Y, ¿sabes qué pasó?
Nada. Nadie se quejó ni se fue.
Y yo por fin empecé a sentirme dueña de mi negocio.
Mi reto para ti
Esta semana, elige TU fuente de interrupción principal (correo, WhatsApp, Slack, Instagram, llamadas,…) y márcate solo 2-3 momentos al día para atenderla.
El resto del tiempo configúrala para que esté en modo no molestar.
Y luego simplemente observa: ¿Qué pasa con tu concentración? ¿Y con esa sensación de estar siempre «en espera«?
Si te animas, respóndeme y cuéntame cuál es tu «veneno» y cómo te va con este experimento. Me encantará saber que no soy la única ex-adicta a la disponibilidad 24/7 😉
😺 Sabiduría felina
Taka es una de las gatas más mimosa con las que he convivido (y no han sido pocas).
Siempre está encima mío, ronroneando y pidiendo mimos.
Pero siempre es cuando ella quiere.
Porque si la llamo desde el salón y está en otra habitación jugando con Mandi o tramando alguna trastada… entonces me ignora olímpicamente.
Y no es que no me oiga. Es que ha decidido que lo que está haciendo es más importante que atenderme a mí.
Dudo que en ese momento piense «uy, ¿y si Shirly se enfada?«… ella tiene claro que yo seguiré ahí cuando decida venir de nuevo.
Mientras tanto, yo llevo año intentando tener la mitad de «cara» que tiene ella. Voy avanzando… a paso lento pero firme 😅
💡 Cita para pensar
Daring to set boundaries is about having the courage to love ourselves, even when we risk disappointing others. —Brené Brown
Nos leemos la semana que viene.
Un abrazo con calma y alma,
Shirly
PD. El domingo pasado lo dediqué entero a estar con mis amigas. Nueve horas en las que estuvimos charlando de todo y de nada, sin mirar el reloj.
Es un día en el que suelo preparar esta newsletter o algunas publis para mi Instagram. Pero ¿sabes qué? No cambio ese rato con ellas por nada del mundo.
Son una de mis recargas sagradas, y cada vez me cuesta menos «permitírmelo» —aunque confieso que al principio la vocecita culpable protesta bastante 😑



